SAGRADAS FORMAS. I CENTENARIO- VICENTA BENEDITO

SAGRADAS FORMAS INCORRUPTAS

I CENTENARIO 1907-2007-2010

IGLESIA NTRA. SRA. DE LOS ÁNGELES

DE SILLA


En el robo y hallazgo de 1907

fueron tres días que toda Silla lloraba,

grandísima pérdida de Las Formas

y junto al Copón que las cobijaba.


Fueron robadas el 25 de Marzo,

el 27 fueron encontradas,

labradores un naranjo cavando

descubrir Las Formas arrebatadas.


Las Formas Incorruptas en la tierra

con la humedad hicieron estremecer

este pueblo que aclamaba rendido

Cristo Vivo en Las Formas aparecer.


Y, Las Sagradas Formas Incorruptas

fueron veneradas en procesión,

las campanas anuncian el hallazgo.

Solemne Eucaristía y emoción.


Es Silla un pueblo por Dios elegido,

en el Sagrario lo tenemos a Él,

a Cristo que en Las Formas está Vivo;

Pan de vida que alimenta nuestro ser.


Custodiadas están en el Sagrario;

Sagradas Formas robadas una vez.

Marzo de 2007 el Centenario

adoradas dentro del “taroncheret”.


Vicenta Benedito Pons

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SAGRADAS FORMAS INCORRUPTAS -VICENTA BENEDITO

SAGRADAS FORMAS INCORRUPTAS,

MÁS DE CIEN AÑOS

Hace más de tres años

que pasó el centenario.

Un milagro trascendente,

un remanso olvidado.

Es pasado y presente

que ocurrió, hace ya

más de cien años.

No me olvido de aquel acaecimiento,

contado por los antepasados.

Fueron trágicos momentos

de dolor y desencanto;

adentrándose en la Capilla

un hombre sigilosamente callado.

Con qué valor y atrevimiento

robó aquel Copón Sagrado,

el contenido: Las Formas de Cristo,

echándolas en un hoyo falseado.

Fueron las manos de un ruin ladrón,

solo quería el oro robado;

por unas monedas lo vendió

como Judas vendió al Crucificado.


Me siguen cayendo las lágrimas

recordando aquella traición;

arrebatando Las Formas quietas

la fuente viva del Hijo de Dios.


Hoy queremos recordarlo.

Quisiera mi mano poder ofrecer,

tener a Cristo Vivo a mi lado

que es alimento de hoy y de ayer.


Es la creencia de Cristo en el Calvario,

en las formas que vamos a comer,

es el Cuerpo bendecido y Consagrado;

Eucaristía culminando la gracia y la fe.


Silla está con las Formas Incorruptas,

y Las Formas con nosotros también.

En aquel tiempo estuvieron ocultas,

pero hoy las campanas anuncian

que año tras año, las queremos tener.


Las veremos, las contemplaremos,

como si fuera la primera vez.

¡¡Es el milagro que tenemos en Silla!

¡Con su grandeza, con su sencillez!


Vicenta Benedito Pons

MADRE- GABRIEL HERNÁNDEZ

MADRE

Ahora ves a este hombre cansado que te mira

con la emoción de siempre. Y un día, cuando vuelvas,

me buscarás en vano” ELOY SÁNCHEZ ROSILLO


La vida era la limpia llegada de la luz

sobre la habitación deshabitada

de la infancia.

Todo estaba ya allí.


La sonrisa y el llanto en un mismo relámpago

inauguran las tinieblas pacíficas

del vientre de la madre. A su abrigo nacemos

con el sello indeleble de la espera

y el tránsito.


Carne sobre la carne, sangre a sangre,

nacemos; y pulso a pulso, venimos

a las entrañas de otra madre

que gesta su alumbramiento íntimo

en la sombra, como una fiera amable.


Desde siempre llegamos a su grávido vientre.

Vamos llegando, pausadamente,

a su comienzo sin final, hasta besarnos

su cálida luz fría tras la luz.


Morir. Vivir. Tal la herida, la gracia

intermitente que gozamos en la vigilia de este sueño

donde creemos escribimos nuestra vida.


Gabriel Hernández Molero

LA LUZ INTERRUMPIDA- GABRIEL HERNÁNDEZ

LA LUZ INTERRUMPIDA

in memoriam Omar Ali Shah

Me quejé de ti, dijiste: Pon tu propio remedio‘.”

JALALUDDIN RUMI


La luz era tu llama en la llamada.


Entre los linos del Nilo alquilé mi libertad.

Troqué la Tierra de la Alianza

por penínsulas de sombras

-olivos, viñas y luna lloraron

nueve silencios, en memoria de Abraham-.


Entre bosques de cedros y granados,

ávido de júbilos y música encendida

huí de la llama en que arde -como un río

de vida pacífico, luminoso, infinito-,

tu llamada de amor.


En vano, el corazón buscaba en vano

aspirar la certeza deslizada en la rosa;

declinar la gracia de tu Nombre

en la serena quietud de tu Presencia

y compartir tu vino almizclado

de sangre, de amor y de palabras.


En treinta monedas le tasaron y...


Hoy acaso es miércoles también,

y el corazón debiera arrodillarse…

Permitirnos cruzar a la otra orilla,

lanzarnos al abismo desnudo del amor

que nos llama…


Volver a lo profundo,

a la profunda estancia de luz no usada,

interrumpida, callada, humilde

luz modesta como tierra.

Descender

allí donde sabemos

somos polvo de un cansancio finísimo.


Vino otra vez luz en que Tú ardías…


El alma escucha y te responde,

con esperanza añade: “¡Señor

hazme de nuevo!”.

Gabriel Hernández Molero

JAQUE MATE A LA REINA- Mª DOLORES HERRANZ

Este poema está inspirado en la primera víctima en manos de su pareja del 2007.

Premio nacional de poesía: Mª Pilar Escalera Martinez

Mate a la reina

Jaque mate hizo un día,

sin avisos ni amenazas,

el que siempre le decía

es la reina de mi casa”.

Ese hogar que era la torre,

donde prisionera estaba,

en estos tiempos de ahora,

como estuvo “doña Juana”.

No tenía ningún caballo,

ni con patas ni con alas,

para poder escapar

de aquella muerte anunciada.

El “alfil”, un buen vecino,

que a veces bien la miraba,

no esperaba el desatino

que su admiración llevara.

Le ayudaba con la compra,

si venía muy cargada,

y después con un café

ella le recompensaba,

no se sentía feliz,

pero nunca se quejaba,

y agradecía el cariño,

que su ”rey” nunca le daba.

Un buen día, en la cocina,

mientras los platos fregaba,

sintió un pinchazo en el pecho,

la daga la atravesaba.

El suelo de la cocina,

un damero que brillaba,

se volvió rojo carmín,

la vida se le escapaba,

No se pudo defender,

la atacaron por la espalda,

aquel que siempre le decía,

yo sin tu amor no soy nada”.

Mª Dolores Herranz

EN SANGRE Y ORO -JAIME BENEDITO

          


                    EN   SANGRE   Y   ORO

 

                     Yo sé que hay un largo          

                   vacío en la espera,

                   un silencio hondo

                   entre tanta pena.

 

                     Se escuchan afuera

                   chillidos y voces,

                   clarines y acordes

                   cayendo entre blancas

                   espumas de gritos,

                   que anhelan un rito

                   sangriento y efímero.

 

                     Yo sé cuando suena

                   la marcha macabra

                   que abre la puerta

                   que el toril reclama.

                   Enfrente mi vida

                   la doy por perdida.

 

                     Abierto el albero,

                   me espera el torero

                   que es todo un portento,

                   de mí sólo atento.

                   Su mirada blanca,

                   refleja en sus luces

                   que brillan al cielo.

 

                     Yo voy y arremeto

                   su capa rosada.

                   De pronto en la grada

                   las voces y palmas

                   aumentan el tono,

                   y yo más encono

                   a cada oleada.

 

                     Y vuelta al requiebro,

                   contento y sin miedo,

                   respondo a las palmas

                   con roces inquietos.                    

                     

                     Y por un momento

                   descanso en el centro.

                   La plaza atronando

                   al claro torero,

                   y yo sólo espero

                   que en oscura sombra

                   me envuelva el silencio.

 

                     En esto el jinete

                   azuza el costado

                   del ciego caballo.

                   ¡Y yo que no hallo

                   ni el sólido abrazo

                   del campo vedado!

                  

                     A mí se me ofrecen

                   puyazos sin tregua.

                   Con hiriente brío

                   la fiesta enloquece.

                   Nobleza y trapío

                   ¿la muerte merece?

                  

                     Mi cuerpo chorrea

                   el líquido premio,

                   pues quieren que muera

                   entre sufrimiento.

                  

                   ¡Y están aplaudiendo!

 

                     Un Olé sonoro

                   retumba en el suelo,

                   y yo que no lloro,

                   y yo que no tiemblo,

                   que aún bravo nombre

                   me queda: ¡ser toro!

 

                     ¿Dónde está ese hombre

                   con pepitas de oro?                

                     Arriba y abajo,

                   adentro y afuera,

                   en baile cerrado

                   me imponen su señas.

                           

                     Y yo que persigo

                   en vano a una sombra

                   que elude el castigo,

                   y a todos asombra.

 

                     Y vuelven de nuevo

                   los olés perpetuos

                   ¿qué sentido tiene

                   morir entre besos?

 

                    El paño que extiende

                   el héroe de cieno,

                   de un rojo sangriento

                   se para un momento.

                   Un secreto esconde

                   que encontró el silencio.

 

                     Y allí, a mi frente,

                   desnuda e inocente

                   la espada se ofrece,

                   y a mí me señala

                   con dedo indolente.

                  

                     La plaza acallada

                   retiene el aliento,

                   y en sólo un momento,

                   en limpia estocada

                   la espada está dentro;

                   y aparta mis huesos,

                   y crispa mis nervios.

 

                     Las luces fenecen

                   y desaparecen;

                   las voces se funden

                   y a trote rehuyen.

                   Y como flaquecen

                   mis fuerzas de toro,

                   las patas me vencen

                   y así me convencen

                   que es mi muerte a coro.

 

                     Oh! sí, ¡qué jolgorio!,

                   qué aplausos y risas

                   entre mi agonía.

                   Matador al hombro,

                   la plaza rendida,

                   mientras pierdo vida

                   y al vacío asomo.

 

                     Pero ¡ay!, un momento.

                   Yo sé de una estela

                   rugiente e infinita,

                   que siempre se agita

                   y rompe por dentro.

 

                     Yo sé de una espada

                   caliente y divina,

                   que impune asesina

                   certera estocada.

 

                     ¡Ah, rían y aplaudan!

                   de modo perverso,

                   que tal vez mañana

                   el viento sea adverso,

                   y cambie de suerte

                   el sueño viviente.

                   Y venga la muerte

                   silenciosamente.

 

                     Y al igual que el aire

                   que pasa y no es nada,

                   como una cornada

                   al mismo costado,

                   se queden postrados.

                   Y acallen sus voces,

                   sus olés atroces,

                   y en tendido estado

                   el nicho esperado,

                   otrora feroces,

                   acoja en silencio.           

                   Y el vacío horrendo

                   ahogue sus sones.

   

     Y todo sea sombra,

   se apaguen los soles,

   y un viento olvidado                           

  arranque las flores

  del hombre lidiado,

  y al fin lapidado

  con pocos honores.

 

 Y todo fue vago:                                

 el mundo, y acaso

 los vanos temores. 

                    

          

   Jaime Benedito Salavert